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La Máquina del Tiempo
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Por: Estevan Vázquez

Mi primer auto también fue un eléctrico y recuerdo que era una réplica de un Fórmula 1 con estampas de Renault y Elf de color amarillo mostaza. Recuerdo que era más rápido que los de mis amigos y que mi abuelo siempre me dijo: “no abras esa puertita, es la batería y te puedes lastimar”. Nada anecdótico ahí, siempre le hice caso. Pero lo que más recuerdo de mi auto, es que pasaba la mayoría del tiempo conectado a la pared.

Ya pasaron 30 años y mientras espero a que las pilas del Nissan Leaf se recarguen de electricidad, conectado a la pared, para poder conducirlo hasta mi casa –que no es la misma en la que jugaba a manejar de niño‑ y no quedar varado en medio de la ciudad sin poder remediarlo. Entonces no han cambiado mucho las cosas… ¿O sí?

De niño, cuando mi “F1” estaba conectado al suministro eléctrico yo podía salir a jugar, o hacer la tarea o cualquiera de esas responsabilidades que volteando hacia atrás parecen insignificantes pero que eran las únicas en la infancia sabiendo que terminando la “cascarita” podría dar otra vuelta en mi patio trasero hasta que la pila cediera otra vez. Hoy, pasan las horas y después de terminar mi trabajo, hacerme cargo de algunos pendientes personales, perder el tiempo en redes sociales, planear la noche en el chat, checar correos electrónicos, volver al chat, salir a tomar el aire, platicar con algún compañero, correo…chat…Twitter…Facebook…chat… y sigo aquí. Llega la hora de revisar la carga del Leaf. 45%, 65 km de autonomía. Apenas suficiente (para mi trayecto rutinario de 40 km ida y vuelta), pero, ¿Qué pasa con mi plan que me desvía de la ruta, qué pasa si hay algún contratiempo, qué pasa si se termina la pila? Nada, silencio. Eso pasaría, estaría en un auto, sin luces ni intermitentes, sin radio y lo peor, sin solución.

Tendría que pedir una grúa a una estación de recarga rápida, que sería la solución a mi problema, pero entonces tendría que cancelar mis planes, esperar el servicio de remolque, buscar la conexión más cercana –por suerte, mi celular sí tiene pila‑, dirigirme al lugar esperando que no esté ocupada la terminal, descargar el Leaf de la grúa, empujarlo para acomodarlo y finalmente conectarlo…suponiendo que todo sale bien a la primera, ahora tengo otras dos horas para perder. El cuento de nunca acabar.

Siendo esta la Ciudad de México, justo la semana de prueba del Leaf, nos enteramos que las estaciones de carga que colocó Nissan en la Fuente de las Cibeles, en la colonia Roma, estaban deshabilitadas, lo cual reduce la posibilidad de encontrar otra estación semi-cercana y aumenta la distancia de recorrido en grúa.

Caray, extraño mi juguete.

Otro problema de la inconsciencia vial de esta ciudad vs los autos eléctricos es que en los estacionamientos de varias plazas comerciales donde ya se han instalado cargadores para los escasos modelos eléctricos que circulan por ahí, los lugares “exclusivos” para recarga siempre están ocupados por autos que no corresponden. Oh sorpresa. Son los mismos “viene vienes” que le permiten el paso a señores y señoras prepotentes y con pocas ganas de caminar. ¿Qué pasaría si realmente es urgente una recarga?

Así que el problema no es el Leaf, no, de hecho es un auto cómodo, llamativo, bien equipado, seguro, confiable (ya que sólo cuenta con dos piezas móviles), sofisticado, sorprendentemente potente, muy silencioso y si todo sale bien, que puede cubrir mis necesidades de movilidad rutinaria. Es la infraestructura la que no es suficiente, es la idiosincrasia del mexicano al que no le importa ni ceder el paso, ni estacionares en un solo cajón, ni formarse para dar la vuelta.

El problema no es que el futuro nos haya alcanzado, el problema es que no estábamos listos.

@EVazquezAXP

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Diciembre 2016
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